1995. Roma. En el estudio colocando unas flores en un vaso.

Ramón Gaya de cerca

Del 12 de enero al 11 de abril en la Sala Temporal del Museo Ramón Gaya

     Al proponerme Manuel Fernández-Delgado que reuniera unas cuantas fotos de las que le hice a Ramón a lo largo de los treinta años de nuestra vida en común, con el fin de hacer una pequeña exposición en el museo coincidiendo con los actos del centenario de su nacimiento, mi primer sentimiento fue de estupor. No practico habitualmente la fotografía así que las fotos que tomé de Ramón durante esos años no poseen lo que se podrían considerar “valores fotográficos”, se trata en todo caso de esas fotos que se toman en el ámbito privado para fijar momentos puntuales.   

     Cuando me he puesto a revisar nuestras fotos, las tomadas por Ramón o por mí a lo largo de estos años (Ramón apenas disparó unas decenas de fotos, él se sintió más atraído por el super-8),  he tenido una sorpresa, su gran número, aunque durante los primeras años de nuestra convivencia, sólo tomé fotos de Ramón en el exterior. Nunca lo hice en el estudio, mientras trabajaba, a pesar de ser ese, en el caso de un pintor, un tema sumamente atractivo.

     Sabía que Ramón, por circunstancias históricas, había vivido prácticamente solo  gran parte de su vida, y por lo tanto conocía su costumbre de trabajar en completa soledad aunque no fuera propiamente un hombre solitario. Esa circunstancia y la gravedad de su carácter hicieron que en los primeros tiempos de nuestra convivencia yo sintiera que debía respetar la soledad de su estudio durante las horas que pasaba trabajando.

     Con bastante asiduidad reclamaba mi presencia en el estudio para hablarme de una idea que lo asaltaba o para mostrarme la marcha del cuadro que estaba pintando. Poco a poco, y de manera natural, Ramón fue haciendo que mi presencia en el estudio mientras trabajaba fuera algo habitual. Compartir la vida con alguien que realiza un trabajo de creación, y hacerlo, como es mi caso, con Ramón Gaya, mi marido, fue y ha seguido siendo para mí un gran privilegio además de una gran responsabilidad.   Su obra, su persona, su generosidad, su ejemplo iluminaron nuestra vida y contribuyeron a mi desarrollo personal.

     A partir de 1990, y con su consentimiento, le hice alguna foto mientras trabajaba en su estudio.

     Juan Ballester, positivó y conservó los negativos de mis fotos hasta ahora, que los ha puesto a nuestra disposición. Ha participado también en la selección de las fotos que se muestran

     Agradezco al Museo Ramón Gaya que me permita contribuir con mi pequeño homenaje a los actos del centenario de Ramón Gaya. 
 

                  Isabel Verdejo

                  27 nov. 2009