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YA CERCA de Venecia,
lo que contemplaba desde el tren era un campo plano, fácil,
reconocible, del que podía disfrutar confiadamente. Las huertas –
mediado el mes de julio- lucían esta fertilidad transitoria, baja, de
las tierras inundables; una fertilidad tendida al sol, de un esplendor
modesto, enano, que yo, nacido en Murcia, conocía muy bien. Por eso
pude tener la impresión, no de que llegaba allí por primera vez, sino
de que volvía.
… Ahora la ciudad no
la veía, pero se encontraba a dos pasos de aquellos tabiques,
existiendo con una complacencia implacable; de pronto, hubo un
campaneo extenso, romo, limado, que no parecía sonido, que no era
sonido, sino paisaje, carnosidad de paisaje, una carnosidad cegada,
nacarada, marina, y todo el cuarto pareció llenarse, inundarse de
exterior. Una vez filtrada, llegada la laguna hasta mi rincón, me
decidí a salir. Andaba calmoso, cauteloso.
Mientras tanto
callejeaba por el apretado laberinto de Venecia, deteniéndome en cada
uno de esos puentes casi chinos, entre útiles y caprichosos, en los
cuales pasaba horas inmóvil, emocionado pero inmóvil como una tortuga,
absorbiendo rareza, belleza, pringosidad, o sea, mojándome en el
aceitoso veneno de estas calles, de un realismo tan inverosímil.
De… Sentimiento de la pintura. RG |