Treinta años y un día

TREINTA AÑOS Y UN DÍA

Exposición en el Archivo General de la Región de Murcia.

Enero - Febrero 2010. Fotoencuentros

Fotografías de Juan Ballester.

(Una condena de libertad)

Desde que el día 20 de abril de 1975, durante una exposición en la galería Chys de Murcia, fotografiara a un señor entre el público simplemente porque me llamaba la atención su atildada y exquisita figura, hasta el día 21 de abril de 2005, día que por última vez fotografié a Ramón Gaya -aquel desconocido señor de Chys- en su casa de Valencia, pasaron exactamente treinta años y un día, un tiempo que así contado suena a condena, a falta de libertad, pero que en mi caso supuso todo lo contrario, un tiempo de liberación, un tiempo de condena, sí, pero hacia la verdadera libertad.

Fueron treinta años de contacto y, cómo no, de imágenes, pero sobre todo fueron treinta años de amistad con un pintor cuya actitud y pensamiento necesariamente te hacían reflexionar sobre tu equivocada visión del mundo. Cuando hablo de este tiempo como de una condena hacia la libertad, no crean que hago una metáfora o soy exagerado, sino que más bien estoy expresando muy nítidamente lo que para muchos supuso la aparición en nuestras vidas de aquella desconcertante figura. Conocer a Gaya, o mejor, acercarse a la obra de Gaya -porque en Gaya vida y obra son un todo inseparable-, acercarse a la obra de Gaya, decía, y no como un diletante más en busca de su alimento, sino con la debida atención, con el debido rigor, me supuso, nos supuso a muchos, un giro en nuestro impreciso y errático camino, un cambio desde la tiranía de los estilos y las modas, desde los prejuicios históricos y los lugares comunes, hasta la conciencia de que la creación no tiene nada que ver con lo artístico, con el trajín social de lo artístico. La creación está en otro lugar, es algo de todos -intelectuales y analfabetos-, está con el hombre desde siempre y para siempre, formando parte de su ser más profundo.

Y claro, recibir desde muy joven un "toque" de esta magnitud, necesariamente tiene que condicionar tu posterior actividad. Desde aquel momento mis imágenes fueron cambiando, pero sobre todo cambiaba mi posicionamiento en la vida y mi actitud ante la realidad, hechos que finalmente conducirían a que entendiera lo fotográfico precisamente como una expresión de amor hacia esa realidad. Ahora sólo quería estar, pero pasando inadvertido; quería poner el vacío y petulante "arte fotográfico" al servicio de lo que amaba, en definitiva quería hacer sin deshacer, jugar sin molestar, mirar sin cambiar el mundo, fotografiar sólo para dejar testimonio de lo que veía, de lo que creía que debían ver quienes allí no estaban. Tampoco quería hacer arte, sólo quería utilizar esta técnica para señalar, para recordar, para que, ahora que no está, quienes conocen su obra puedan también identificar algo de su figura o para que quienes vean por primera vez su figura, sientan también necesidad de asomarse a su obra. Así entiendo la fotografía y por eso he seguido haciéndola hasta ahora, como un medio, nunca como un fin. Gaya, la obra de Gaya lo merece, merece esta condena que tuve la suerte y el privilegio de cumplir.

Juan Ballester. 22 nov. de 2009

Volver