ANTONIO MONTALVO

 28 de diciembre de 2021 / 30 de marzo de 2022

Antonio Montalvo

Antonio Montalvo vive en Granada, en el barrio del Realejo. Allí hace vida sencilla junto a su mujer -también pintora- y sus dos hijos, Samuel y Julia. La casa está en un orden impecable, llena de libros y cuadros. Antonio e Irene pintan en un estudio a escasos minutos de casa, en una plaza frente al antiguo convento de los dominicos Santa Cruz la Real. En la fachada del convento, escrito en piedra, hay un lema que suele repetir Antonio: contemplar y dar lo contemplado. En verano viajan al cercano pueblo de Belicena y en contadas ocasiones visitan otras ciudades para ver alguna exposición o pintar del natural. 

Al llevar a los niños al colegio, Antonio pasa por la calle Santiago. Una mañana de primavera, en el escaparate de una floristería, vio unas ramas de algodón que pasaron a uno de sus cuadros. <<Si busco el tema no consigo nada. Lo que encuentro es más hermoso que lo que busco>>. Antonio se tiene que enamorar de un tema para pintarlo. Como se enamoró de otros objetos encontrados: una canastilla y un mueble abandonado en el nuevo estudio; un huevo blanco de la pollería que hay en su plaza, porque <<en ningún supermercado hay huevos blancos, solo aquí se encuentran>>; un higo de la higuera del patio de Belicena; una calabaza rota… << ¿Cómo no hay nadie que quiera pintar estas cosas?>>. 

Recuerda Montalvo que pintó por primera vez una calabaza con dieciocho años, con su maestro Manuel Beltrán. De Beltrán conserva aún la paleta de colores: ocre amarillo, tierra siena y sombra, verde esmeralda, ultramar oscuro y carmín de granza sólido oscuro. Recuerda también las sesiones que pasaron juntos o en el campo, pintando a la intemperie: <<Recuerdo todo. De lo demás no recuerdo nada>>, dice el pintor. Cuando dice “lo demás”, se refiere a la etapa en que trabajó a partir de referencias fotográficas: <<El vínculo con los temas hechos de foto no existe>>. Al volver a pintar del natural, Antonio Montalvo siente que ha recuperado una relación de intimidad con lo que le rodea: <<Es una manera de que no se te escape la realidad>>. 

Y este encuentro, o reencuentro con la realidad, se inicia con la Cabeza de albina, el boceto monocolor que abre la exposición. El pintor quiere estar frente al motivo, sentirlo, olerlo, tocarlo. Sin salir de su barrio, encontró a una chica albina, en la sede de la O.N.C.E. Sabía que algunas personas con albinismo padecen alteraciones visuales y que allí podría encontrarla. La chica posó para Antonio, después la noticia corrió por la sede y la madre de otra chica también albina escribió a Antonio para que su hija posara para él. En la primera sesión, la chica apareció con su novio; después fue sola.

Del barrio también es Erika, una vecina enfermera que posa de espaldas y nos recuerda a Vilhelm Hammershøi. Cuenta el pintor que Erika ni tan siquiera miró el resultado después de posar. 

También se enamoró del motivo y encontró el tema en una cafetería donde vio a <<la mujer más pictórica que he conocido en mi vida. Me recordó a una de Las dos hermanas de López Mezquita. ¡Qué melancolía arrastraba!>>. Le escribió para preguntarle si quería posar para él, y ella accedió. 

En Belicena, en agosto, Antonio pinta a Irene embarazada de ocho meses. Aparece de perfil: <<La postura surge sin más. No es un plan preestablecido>>. 

La mayoría de los paisajes que pinta Antonio son los de su infancia. Moreda es el pueblo paterno. En las vacaciones de Navidad recogía aceitunas en el olivar familiar. Incluso un día 24, Nochebuena, se les hizo de noche en la cooperativa. Volvió hace poco a pintar una vista con unos pocos olivos entre Píñar y Moreda. <<He cruzado esta comarca centenares de veces para coger la aceituna; aún no me explico cómo he tardado tanto en plantar allí el caballete>>. Los pintó con frío. Al igual que pintó <<helado de frío>> La Fuente del hervidero, el punto más bajo en que suele haber nieve en Granada. 

Montalvo, herido de melancolía, se consuela –y nos consuela- con la belleza, serena o desasosegante, de los seres, los paisajes y las cosas que le rodean. 

De la etapa anterior dice: <<perdí el tiempo. Pero era necesario perderlo>>. Necesitaba atravesar el mundo para desembocar en la vida. Pocos pintores llegan a esa conclusión. 

El Museo Ramón Gaya abre con esta exposición una nueva etapa donde pretende encontrar pintores que estén haciendo su obra hoy para establecer un diálogo con ellos. Hasta la fecha no se ha realizado ninguna muestra completa de un pintor vivo. Es una prioridad apasionante para el Museo abrir camino: <<pues la acción ética por excelencia es abrir camino>>, escribe María Zambrano. Encontrar pintores vivos silenciosos, afinados con la voz de Ramón Gaya, en igual o parecida melodía, y que anclen su obra en la contemplación gozosa de la realidad y la vida. Es nuestro deber ser capaces de mostrar y ofrecer ejemplos vivos, no sólo en aquellos artistas consagrados que ya señaló Gaya, sino también en artistas contemporáneos. Porque si somos capaces de ver lo que Ramón Gaya señaló en el pasado, debemos ser capaces de verlo también en quienes nos rodean. Y este, a nuestro juicio, el mejor legado que podemos ofrecer al Museo y a la ciudad de Murcia: ser un lugar de referencia de pintura verdadera. 

Otras exposiciones en el Museo:

La Venecia de Ramón Gaya. Del 10/11/21 al 27/03/22
Madrid interior. Del 12/01/22 al 01/05/22
Mujer con abanico. Inéditos. Del 03/12/21 al 03/02/22
Desnudo masculino. Inéditos. Del 05/12/21 al 05/02/22

 

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